Me llamo Pepe. 42 años. Sevillano, aunque llevo 20 en Madrid. Cuando me preguntan si ya me he acostumbrado digo que sí con la boca pequeña.
Estoy divorciado. Tengo un hijo de 14 para el que soy el wifi del autobús: técnicamente funciono, pero nadie me elige. Una ex que manda audios de diez segundos que hacen más daño que una notificación de Hacienda en julio. Y una vida sentimental con menos actividad que los ojos de Espinete.
Con ese currículum imbatible, un domingo por la noche, solo en casa, tuve una brillante ocurrencia. No voy a decir cuál. Todavía no.